Me imaginé
haciéndonos el amor, y por una vez me sentí plena. Llena de ganas de quererme. Sí, me imaginé
haciéndonos el amor, que es lo mismo que follarnos con ganas de querernos, y no
sólo de quererte como cuerpo. Me imaginé suspirando contra tu oído que te
quiero, como pidiéndote que amanecieras
para mi sola, y no para las calles cuando te marchases por la puerta. Me
imaginé diciéndome me quiero. Y me lo creía. Me imaginé perdiendo el control,
sin perder la cabeza por ello. Sin desgastarme, y entendí que las riendas a
veces oprimen y cargan contra uno mismo. Me imaginé contigo y el transcurso del
resto vino sólo, como si en mi sien se albergara la seguridad de que serías la
opción correcta, y no la punta de la pistola cuando yendo en la buena dirección
siento que voy a contra corriente de mi misma.
Me imaginé
atándome a tu mano, que no atándonos hacia la muerte prematura. Y no sentía nada. Y
no sentía nada. Era natural. Era natural. Y no pensaba en si ya no era cobarde
o estaba siendo valiente, que no es lo mismo. No lo pensaba. Porque era natural
y no pensaba. Me paseaba contigo mientras te enseñaba el camino a casa y sólo
existían las calles que nos llevaban. Y tu mano. Y tus pies caminando al mismo
ritmo que los míos. Y tu camiseta arrugada por el viaje. Y tus pitillos. Y tu
pelo aún húmedo. Y tus labios. Y una pestaña que se había caído junto a ellos.
Te la quito con el dedo. Y tus ojos. Y tu sonrisa. Y la curva de tus ojos
cuando se producía. Y tus labios otra vez. Y te beso. Ya falta poco para
llegar, he preparado la cena.
El postré estará
cuando entres por la puerta. (Y no la dejes de madrugada si quieres que se
vuelva eterna).
Comentarios
Publicar un comentario