Hay días en los
que no paro de pensar, que ojalá fuese mi cama, aquel sitio en el que
soliésemos gritar.
Gritarte; tan
fuerte y tan alto que la voz se entrecorte por la falta de oxígeno entre tus
poros y los míos.
Escucharte; banda
sonora de mis días, querrías? Marcar el tic tac de mi compás.
Leerte; los
labios, y tu mente
Verte; sonreír y
punto.
De(gustarte); se
me dilatan la sístole y diástole de las pupilas con la luz que irradias, y se
me paraliza la parte amarga de las gustativas.
Tocarte; como si
te deshicieras con el paso de mis yemas, como si descubriese un múltiplo
superlativo de la suavidad, y a la vez, con el ímpetu y la agresividad del
impaciente con el mayor mono de la historia.
Eres como esa
falsa libertad cuando te sacas los zapatos y te pones a bailar descalza hasta
que se te clava algo en la palma de los pies. Un pinchazo que te recorre de
arriba abajo asegurándose de que la realidad se ha instalado. Y trae con ella
llaves y múltiples cerraduras y me quedo atrapada, como si no tuviese bastante
con tus cuerdas vocales, qué hago ahora para sacarme este maldito ritmo de la
cabeza. Lo notas, sí, lo notas, noto las notas, tú también las notas? Yo las he
sentido, y los vientos que bebo por ti ya siguen tu compás, no sé si hacia
adelante o hacia atrás, pero creo que esta vez la dirección a pesar de todo, la
decido yo.
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