Qué nos lleva a perdernos, 
a dejar de encontrarnos en otros, 
a oler la ausencia de la esencia 
para que un corazón se vuelva desconocido. 
Qué es lo que nos recorre por dentro 
que hace que queramos protegernos, 
matar nuestro interior por otro que creemos que está sufriendo. 
Qué es lo que hace que unas lágrimas se inyecten 
y fluyan por nuestras venas, 
sacando los dientes, 
relevando la pelea como si fuese propia 
y arremetiendo sin piedad.  
Que el amor nos ciega, 
es verdad, 
y que por llevar ese nombre hace pedazos, 
y tiene por consecuencia el error del impulso y de la pasión. 
Que el amor nos destroza 
cuando escogemos 
entre dos almas que nos acompañan desde que nacemos. 
O la violencia arremete o nos ahogamos. 
Que cómo apresar el acierto, no lo sé,
se escapa si no le quitas la venda 
a veces la realidad está ahí y no quieres verla. 
Que hay palabras 
que pesan tanto que no vuelan, 
que hay palabras 
que aunque duelan te las tragas 
y te envenenas, 
y sacas el amor, 
y se lo escupes en la cara, 
y eso sí que les quema. 
Reniegas, te das la vuelta 
y por una vez tu espalda hace de muro 
y no de puente al abrazo. 
Porque te has dejado todos 
y cada uno de tus pedazos de amor 
y se los has puesto en la mano.  
En bandeja, 
los porqués, 
los verbos en pasado, 
tus motivos, 
tus cariños, 
tus dientes afilados, 
tu verdad,  
y tus kilómetros de penas, 
para dejar de ser unión 
y atarte esta vez al amor más oscuro. 
Y tú te marchas, 
porque rechazan y rechazar el amor 
es lo mismo que atar con la mirada, 
que engañar con unos labios que no son sinceros cuando besan, 
que enamorarte sin coartada, 
que tirarte al vacío sin coraza. 
Y no, no es que sea cuestión de genética 
que yo te quiera, 
es cuestión de encontrar hogar 
en tercera persona, 
y que éste te cierre la puerta 
en primera.

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