No sé 
si es cosa del cansancio, 
de esta pesadez de hombros 
o de que el aire que respiro 
cada vez es más rancio
va gradualmente sabiéndome a poco y a gastado, 
a desesperanzado.
No sé 
si es que mi corazón se siente claustrofóbico 
si es que mis costillas dibujan una cárcel para él, 
pero debería saber que lo protegen.
Quizás lo tengo mal acostumbrado. 
No puede presentarse por ahí sin escudo y espada.
Porque hay palabras afiladas, 
abrazos como puñaladas, 
e historias que te dejan desarmada. 

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